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Opinión
TRIBUNA: EMILIO LLEDÓ
¿Quién privatiza a los políticos?
Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la
clase política. Es un deber de la sociedad descubrir las razones ocultas de las
privatizaciones. ¿Cómo recuperaremos lo que hemos perdido?
EMILIO LLEDÓ 04/10/2011
La defensa de lo público hace vivir la democracia. Hay, por supuesto,
opiniones en contra que parecen apoyarse en ese latiguillo de la libertad
individual para fomentar la riqueza; de la libertad de emprender, de crear, que
se oculta bajo la oscurecida palabra de liberalismo. No se puede negar la
importancia de los llamados bienes de consumo que, al parecer, la economía y
los economistas administran. Pero el verdadero sustento de la sociedad, de la
vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación,
la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal,
moral y material.
La democracia, que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la
reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de
justicia y verdad, no puede rendirse a las privatizaciones mentales de
paradójicos libertadores. Sin embargo, apenas se insiste en el hecho de que la
crisis que padecemos es una crisis que tantos competentes expertos,
siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido
evitar, ni tampoco las diversas burbujas -sobre todo las propias burbujas
mentales- que inflaban y aireaban. Burbujas que, parece ser, les han permitido
construir sin que nadie les pida responsabilidades por sus liberadas y
productivas ganancias.
No es, sin embargo, una discusión sobre problemas económicos, cuyos
entresijos y burbujeos desconocemos, a lo que voy a referirme, aunque haya
siempre un principio de honradez y verdad en el que, seguro, todos nos
entenderíamos. Aludiré únicamente a una de esas frases vacías que hincha las
palabras de ciertas oligarquías. Desde hace años, de nuevo en estos días, como
manifestación del menosprecio por la enseñanza pública y por sus profesores, se
habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el que educar a sus
hijos. Esa defensa libertaria no tiene que ver con el deseo de que se
practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de
pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir. Libertad que, por encima de
todas las sectas, debería fomentar la combatida Educación para la Ciudadanía y
la identidad democrática. Una libertad que enseñase algo más que la
obsesión por el dinero y por el solapado cultivo de la avaricia. A lo mejor,
esa educación les obligaba a dimitir a algunos personajes de la vida pública,
por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan. Mejor dicho: haría
imposible que se dieran semejantes individuos.
Ese sermoneo se funda sobre todo en el fomento de la privatización de la
enseñanza que alimenta el dinero y la desigualdad. ¿Pueden gozar de esa
libertad todos los padres? ¿También los de los barrios más modestos de las
grandes ciudades? ¿Pueden ser libres para mandar a sus hijos a esos colegios
privados? Centros que proliferan por nuestro país y que apenas pueden
compararse, a pesar de sus supuestas y publicitadas excelencias, con cualquier
colegio o instituto público de Francia o Alemania. Por lo visto los padres
franceses o alemanes ni siquiera se han planteado esa posible libertad que,
lógicamente, no necesitan. En ese mismo derrotero andan algunas universidades,
que anuncian sus excelencias pregonando que "los alumnos encontrarán las
profesiones que les permitirán colocarse rápidamente en la empresa".
¡Magnífico ideario para fomentar la vida universitaria, la pasión por el saber,
el crear, el innovar! En el fondo, toda esa propaganda libertaria es
fruto de planteamientos políticos, de dominio ideológico, de sustanciosos
prejuicios clasistas, que con doble o triple moral predican libertad, cuando lo
que realmente les importa, aunque quieran engañarse y engañarnos, es el dinero.
Solo por medio de una ideología de la decencia, de la justicia, de la lucha por
la igualdad, tan problemática siempre, puede alzarse el sistema educativo de
nuestro país, de todos los países. No puedo por menos de citar un texto de
Giner de los Ríos, entre muchos de los que podrían citarse del olvidado
precursor: "El dogmatismo, el dominio sectario sobre los espíritus, el
afán de proselitismo doctrinal, tantas otras formas de opresión y de coacción
muestran cómo esa tutela se corrompe, y en vez de disponer gradualmente al
hombre para su emancipación procura disponerlo para perpetuar su
servidumbre".
En este punto tendríamos que preguntarnos: ¿Quién privatiza a los políticos?
¿Qué palabras huecas, convertidas en grumos pegajosos aplastan los cerebros de
los que van a administrar lo público, o sea lo de todos, si la corrupción
mental ha comenzado por deteriorar esas neuronas que fluyen siempre hacia la
ganancia privada? No se entiende bien cómo a esos destructores de la idea de lo
público les votan aquellos que perderían lo poco que tienen en manos de tales
personajes. A no ser que la mente de esos súbditos haya sido manipulada y, en
la miserable sordidez de la propia ignorancia, esperen alguna migaja, algún
botón del traje que viste el supuesto partido político que les arrastra.
Habrá, como digo, que ir estudiando las razones que mueven el comportamiento
de esos padres de la patria que tienen el deber de organizar, no para su
provecho y el de sus amigoides o amigantes, eso que se suele
llamar, más o menos acertadamente, el bien común. Un pueblo
"maravillosamente dotado para la sabiduría", como decía Machado, y al
que hay que dar ejemplo para que no pierda el sentido de la justicia, de la
honradez. Es importante conocer en los defensores de la libre empresa, en los
apóstoles de la privatización, qué empresa, ideología, fanatismo, les ha
privatizado a ellos. Porque se trata de evitar que la patología individual de
esos sujetos se convierta en patología, donde se hunde la vida colectiva.
Es un deber de la sociedad investigar y descubrir las razones ocultas de las
privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas, con independencia de
determinadas claves genéticas, brota también de la educación, de los ideales
que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos
aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las
opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar
sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de
esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra
manera de ver e interpretar el mundo.
Podemos intuir que la degeneración intelectual de buena parte de la clase
política, y de los llamados emprendedores -los que, por ejemplo, emprendieron
la destrucción de nuestras costas-, procede de esos conglomerados ideológicos
en los que se mezclan, con la indecencia, alguno de los males a que se ha
aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro,
la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando?
Emilio Lledó es filósofo.